Golpe de Estado

Blog Es Justo

Viví el primer golpe de Estado a la Constitución de 1978 a punto de cumplir 14 años.

Con esa edad y en ese tiempo, éramos bastante conscientes del mundo que nos rodeaba, de los acontecimientos que marcaban la historia y de su trascendencia, a diferencia de lo que sucede con quienes hoy tienen esa misma edad.

Ahora, con 50 años vivo el segundo golpe de Estado contra la Constitución de 1978. Desde luego, afición no nos falta.

Debo confesar que desde la experiencia vital que proporciona el paso del tiempo, este golpe me preocupa más.

Estoy seguro de que se va a sofocar la revuelta y de que sus autores serán enjuiciados. Además, no quiero ni imaginarme un escenario distinto. De lo que no estoy tan seguro es de que el Estado Español sea capaz de poner punto y final al proceso y no sólo un punto y seguido que simplemente posponga el conflicto.

Me sorprende que ningún partido político proponga abiertamente la recentralización política y administrativa de España. Tengo para mí que dicha propuesta, si viniera de la mano de una formación política alejada del radicalismo y capaz de gestionar el día a día de la Nación y sus ciudadanos, no estaría tan lejana de obtener en las urnas el necesario respaldo para poder hacerlo.

En mi opinión, las autonomías han rendido cierto servicio a la vertebración de España, pero que en ningún caso compensa su conformación como plataformas de poder centrífugo y desmembrador de una cohesión y unidad imprescindibles para la consecución de un objetivo claro de progreso en todos los ámbitos fundamentales de la convivencia y enfocado a la mejora de la calidad de vida individual de los ciudadanos.

La responsabilidad de tal despropósito organizativo del Estado no es exclusivamente periférica, sino también central, por la alimentación de las maquinarias políticas que parecían autonomistas y realmente eran y son separatistas, por parte de los grandes partidos estatales, que se han alternado en el poder durante 40 años, incapaces de acordar los mínimos fundamentos de nuestra convivencia en asuntos como la educación, la sanidad o la justicia, anclados en el odio tradicional de las dos Españas, responsables de dar sin medida a unos pocos en detrimento de la mayoría.

La reflexión da para mucho más, puesto que bajo la punta del iceberg se ocultan problemas de gran calado como la pérdida de valores humanos básicos, el egocentrismo y la insolidaridad, la precarización intelectual y cultural de grandes masas de población para su mejor instrumentalización política y otras muchas.

El golpe de Estado de 1981 se saldó con la condena penal de sus autores. El de 2017 necesita de recetas adicionales. Veremos si se ponen sobre la mesa, sin complejos y con honradez intelectual y si los españoles concordamos en seguirlas. Tengo serias dudas respecto a ambas cuestiones, pero no me resigno a pensar que el mal sea irreversible.

Jorge-Oswaldo Cañadas Santamaría.